Creció la maleza…

Creció la maleza, allí
donde la joven sentada reía.
Desde su mudanza
ya no escuchamos su voz,
ahora tan sólo vemos
a través de nuestros tapiales
las nuevas torres eléctricas.
Guardamos para nosotros
el recuerdo de su gracia
y como esos obreros
que cuelgan del aire
hacemos malabares
sobre el vacío.

El tren de carga partió…

El tren de carga partió
y ha venido su sonido a dividir la noche.
Partículas de oscuridad aparecen ahora
ante mis ojos.
¿En qué sector de la habitación
habrá encontrado la paz un refugio?
Mi compañera duerme a pesar de todo
y los hilos del invierno acarician su pelo.
Suena a lo lejos una nueva bocina
y se confirma mi pensamiento:
lo que con el viento helado huye
solo un nuevo día lo restablece.

XXI

Las luces de los artefactos aún encendidos
a pesar de la madrugada
iluminan mi pensamiento.
Faros que impiden que me estrelle por completo
contra las columnas negras
de la noche.
Necesaria es para mí
la deriva
en la que día a día
amanezco.

XX

Escucho llover,
aunque lo más probable
es que afuera el cielo
sea un campo celeste.
Me confunde quizá
el sonido del ventilador de pie
que sin embargo
no alcanza el súmmum
de sus primeros años.
¿Me conviene dormir
en el comienzo de la primavera
y del inminente equinoccio?
¿O habrá que ir
a los espacios verdes
a contemplarlo?
Entre el adentro y el afuera
hay una frontera, que sin dudas
pide ser traspasada.

XIX

El aromo deja
una hoja más
en la oscuridad
de la mañana.
¿Puede discernir
quien contempla,
entre el cielo
y el suelo
correctamente?
Mis ojos recorren
la posible línea
de separación,
tratan de percibirla
y de trazarla.
La madrugada
puede ser eso:
una hoja que cae,
alguien
que intenta comprenderla.