Archivos Mensuales: diciembre 2015

X

A la hora en que los obreros retornan a la fábrica
nosotros nos dirigimos con nuestras motos a la laguna,
incluso uno de nuestros amigos nos saluda con su casco
amarillo en la mano, lo mantiene y lo mueve en el aire.
Se ríe, pero nosotros lo compadecemos, a esa hora de la tarde,
ese calor, quedar encerrado en un pequeño galpón en las afueras
de un pueblo al que nadie llega, donde no hay nada más
que el sol y las gotas de sudor que caen por nuestro pelo.
No tenemos familias que mantener y todavía la vergüenza
no se infiltró en nuestras cabezas, somos jóvenes
que alargan en sus vidas el tiempo del ocio y la vagancia.
A veces, me digo a mí mismo, ya es hora de empezar ese
nuevo ciclo, de asir a mi cabeza el casco amarillo
y la ropa de trabajo, dejar que el aceite lo ensucie
y lo trabaje con los años. Pero es solo una idea,
ahora surcamos con nuestras motos la pequeña ruta
para llegar a la laguna y sentarnos en los troncos que ubicamos
estratégicamente desde que el calor se hizo presente.
Con el paso de los años la imagen es la misma: los obreros
que entran a la fábrica, nosotros en nuestras motos,
la laguna allá a lo lejos. Pero la vida pasa y es cierto
que nuestra rutina genera tedio y que a veces peleamos
entre nosotros y alguna trompada vuela en el aire.
Cuando ya no quede nadie con quien pelear y el hastío
haya podido más que el terror al trabajo, nos pararemos
afuera de la fábrica y saludaremos con nuestros cascos
amarillos de un lado al otro de la ruta, hacia la nada.

IX

Suena la música mientras veo
a través de las rejas
de la ventana que da a la calle
un galgo caminando sobre el campo.
Hace horas que los árboles se mueven
al ritmo del viento
y que el cielo se puso de color rosa.
Las primeras gotas no tardarán en descender
e incluso puede haber una tormenta
que cause destrozos,
mejor si en el pueblo
por las noches se oye el agua caer
sobre los techos de chapa.
Pero para el perro que camina en la oscuridad,
perdido y desorientado, no hay espectáculo,
sino una clara amenaza física.
Lo veo doblar en la esquina e irse
hacia el paso a nivel, a resguardarse
bajo las viejas casillas en desuso.
Fuera ya de mi campo visual,
vuelvo a pensar en mí
y en los versos que van a caer
de punta, como el granizo.

VIII

El pueblo prosperó,
el pavimento le ganó a la tierra,
las luces iluminaron las avenidas,
los barrios bajos.

Pero los jóvenes huimos de las plazas
encandilados por los faros
y las cámaras de seguridad.
Ya sin puntos de reunión,
muchos emigraron a las ciudades,
los que quedamos soportamos la monotonía
bajo los árboles de un patio.

Advertidos del futuro que nos espera,
decoramos el jardín, cortamos troncos
y hacemos canteros.

Sentimos nostalgia de lo que perdimos.

VII

Vuelan las aves negras
sobre el cielo de Teherán
cuando el joven soldado huye
por los caminos de montañas.
Tal vez sea necesario escuchar
al hombre que en su juventud
suspendió la soga de un árbol
encontrando sin saberlo
el sabor de las cerezas.
Pero para quien cavó un hoyo
sobre un terreno yermo
no habrá cerezas, sino sólo
el paso de las nubes
sobre una luna llena.
Y será preciso ver frutos
donde en realidad haya astros.

 

*Basado en el film “El sabor de las cerezas” de Abbas Kiarostami

V

I

Mi abuelo maneja su camión más viejo,

a mis 9 años me enseña lo que será mi futuro,
viajes al campo y al puerto de Rosario.
Me cuenta de la vida sus cuestiones más rústicas,
lo demás lo calla por ser yo un niño.

Pero dos años más tarde muere en una clínica.


De mi posible futuro sólo queda la búsqueda

de la fuerza y la rusticidad en unos versos
que despacho con la velocidad con la que mi abuelo
surcaba la ruta día a día para volver pronto a casa.

II


La casa que nuestro abuelo construyó

con sus propias manos, se cae a pedazos.
Si mañana, por el descuido de una divinidad
se desplomara y no quedaran más que ruinas
no sabríamos erigirnos un nuevo hogar.
Somos jóvenes en la época de la inutilidad,
o quizá, la inutilidad misma. Volvemos
día a día a casa, y encontramos una nueva
fisura, la mancha de humedad más grande.
Pasamos de largo por el pasillo y nos
acostamos en nuestras camas a leer.
Si me preguntaran qué sucedió con nuestra
generación, no sabría responder, quedaría
en silencio. El mismo silencio que mi abuelo
de escucharlo, sin dudas, se pondría a insultar.


IV

Bebemos vino en las tardes de verano.
Mientras otros vacacionan y beben también
en las playas de mares y de ríos, nosotros
ansiamos la tranquilidad de un patio.
A veces la idea aparece
y soñamos con hacer nuestro viaje,
pero bebemos más vino y olvidamos.
¿Qué viaje haríamos? ¿Hacia dónde?
Estamos afincados a nuestro pueblo,
al barro de los campos y a nuestros
patios colmados de árboles.
Nos limitamos a predecir qué será
de la vida de la gente como nosotros.
Somos profetas en una tierra
sin nadie a quien dirigirnos.

III

En un pueblo, cualquiera sea la estación,
los jóvenes no tenemos mayores preocupaciones,
nos sentamos a hablar en los patios.
Si el tema del clima atraviesa nuestros diálogos
es porque en nuestras vidas no pasa más que eso,
vemos el cielo nublarse, la tormenta que se arma,
la lluvia cayendo sobre nuestras cabezas.
Recibimos la lluvia como recibimos el sol,
con gratitud, y siempre sonreímos.
Es cierto que a nuestros padres les gustaría que trabajáramos.
Tenemos edad y condiciones, aunque repetimos siempre
ante la insistencia: «No seremos esclavos de nadie».
Ellos se enojan y se van, luego vuelven
como si nada hubiera pasado, y todo es calma.
Pero en el fondo estamos preocupados, sabemos
que el tiempo de la libertad se cierra sobre nosotros
como el cielo en la noche ante una tormenta de verano.