V

I

Mi abuelo maneja su camión más viejo,

a mis 9 años me enseña lo que será mi futuro,
viajes al campo y al puerto de Rosario.
Me cuenta de la vida sus cuestiones más rústicas,
lo demás lo calla por ser yo un niño.

Pero dos años más tarde muere en una clínica.


De mi posible futuro sólo queda la búsqueda

de la fuerza y la rusticidad en unos versos
que despacho con la velocidad con la que mi abuelo
surcaba la ruta día a día para volver pronto a casa.

II


La casa que nuestro abuelo construyó

con sus propias manos, se cae a pedazos.
Si mañana, por el descuido de una divinidad
se desplomara y no quedaran más que ruinas
no sabríamos erigirnos un nuevo hogar.
Somos jóvenes en la época de la inutilidad,
o quizá, la inutilidad misma. Volvemos
día a día a casa, y encontramos una nueva
fisura, la mancha de humedad más grande.
Pasamos de largo por el pasillo y nos
acostamos en nuestras camas a leer.
Si me preguntaran qué sucedió con nuestra
generación, no sabría responder, quedaría
en silencio. El mismo silencio que mi abuelo
de escucharlo, sin dudas, se pondría a insultar.


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