Archivo de la categoría: Frontera

XXI

Las luces de los artefactos aún encendidos
a pesar de la madrugada
iluminan mi pensamiento.
Faros que impiden que me estrelle por completo
contra las columnas negras
de la noche.
Necesaria es para mí
la deriva
en la que día a día
amanezco.

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XX

Escucho llover,
aunque lo más probable
es que afuera el cielo
sea un campo celeste.
Me confunde quizá
el sonido del ventilador de pie
que sin embargo
no alcanza el súmmum
de sus primeros años.
¿Me conviene dormir
en el comienzo de la primavera
y del inminente equinoccio?
¿O habrá que ir
a los espacios verdes
a contemplarlo?
Entre el adentro y el afuera
hay una frontera, que sin dudas
pide ser traspasada.

XIX

El aromo deja
una hoja más
en la oscuridad
de la mañana.
¿Puede discernir
quien contempla,
entre el cielo
y el suelo
correctamente?
Mis ojos recorren
la posible línea
de separación,
tratan de percibirla
y de trazarla.
La madrugada
puede ser eso:
una hoja que cae,
alguien
que intenta comprenderla.

XVIII

Durante el día, el cielo
cambió de colores.
Parado en medio del patio,
observé cómo el celeste
se convirtió en negro
y de qué manera los truenos
y los relámpagos
amenazaron la tarde.
Soy un centinela que vela
por su tierra y por sus plantas.
Cuando cae granizo
corro hacia lo salvable,
las plantas en macetas.
Cuando la furia pasa
presto atención a la estrelicia
y al aromo, los sobrevivientes.
Entro y salgo de casa, nunca descanso.
Aunque debo reconocer que a veces
me imagino flameando al cielo
un banderín blanco.

XVII

Me doy vuelta y veo detrás de mí
la sombra enorme de un atrapasueños
proyectada por una luz portátil
que cuelga de una soga al ritmo
de un viento leve pero preciso.
Es primavera, estoy en el patio
y trabajo noche a noche la madera.
Con una gubia tallo cuidadosamente,
busco formas como un escritor ansía
la palabra o un músico un nuevo sonido.
¿Será en vano tanto sacrificio,
dará frutos la búsqueda?
La duda me carcome durante el día,
trato de creer, de tener fe.
Cuando me acuesto a dormir en el césped
—soy un hombre de la naturaleza—,
confío en que el adminículo
de madera de sauce, piedra y plumas
filtre los malos sueños, para después
quemarse con el primer rayo del amanecer.
A la noche siguiente tomo mi herramienta
y vuelvo liviano al trabajo, busco
la paz y una obra que hable por mí.

XVI

Un compañero vio desde el espejo retrovisor
de su camión modelo setenta recién comprado
el arcoíris que se formó luego
de la lluvia y el granizo.
Mientras nosotros festejábamos el inicio
de la primavera en la tranquilidad de un campo,
él conducía solitario por una ruta desconocida.
Tiene deudas que pagar, hijos que mantener,
su vida es un viaje continuo y sacrificado.
Hoy, en su día libre, le contamos lo que vimos,
la golondrina surcando el cielo de un punto cardinal a otro.
Él, para no ser menos, nos cuenta del arcoíris,
nos dice que lo acompañó durante cien kilómetros,
sin dudas exagera, pero no lo contradecimos.
Hablamos del granizo —«Seguro que te escondiste
con el camión en alguna parte»—, pero él lo desmiente
y dice, esta vez en serio: «Cuando viene tormenta
yo apunto con mi camión hacia ella».
Taciturno, le da una pitada al cigarrillo y calla;
nosotros, por respeto, también.