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XV

El gato
que desde el tapial mira
mi figura recortada 
detrás de la reja de la ventana
no sabe de mi miedo,
aunque, quizá, lo intuye.
Para disimularlo
alterno mi mirada entre el lucero
y las hojas que dejó caer 
la tormenta.
Tirar el cigarrillo, 
producir un incendio
sería, al menos, una solución:
la de hacer del temor
un espectáculo.

XII

Mi padre toma con fuerza de la bombilla del mate,
combatimos el verano sentados en las viejas mesas
de cerámica de nuestros abuelos, el calor de la bebida
nos hace transpirar, pero es una costumbre en la que no cedemos.
Llevamos dos días de tranquilidad en el patio,
desde que la tormenta azotó la región y la dejó sin luz.
Impasibles, permanecemos sentados. Solo a veces,
cuando el perro del vecino salta el tapial,
nos levantamos y con un grito bárbaro lo alejamos.
Protegemos a la gata, a la que justo se le dio por parir.
Es inminente, la luz va a volver en pocas horas,
pero bien podría no hacerlo, nos sentimos hombres primitivos
que nada necesitan de las comodidades de una casa.

XI

Cuando mi madre hace un silencio
es porque sobrevuela sus flores
un colibrí de tonos azules.
Las tardes de verano en el patio
con los gatos extendidos a la sombra
de un aromo que crece enorme
suelen tener esa manifestación divina.
El pájaro puede irse y luego volver
construyendo otro silencio.
Yo sólo pienso y contemplo,
así ha sido la vida de mi madre:
un momento detenido tras otro
en el que la muerte se ha querido posar en ella
con la prestancia de un pájaro eléctrico.

X

A la hora en que los obreros retornan a la fábrica
nosotros nos dirigimos con nuestras motos a la laguna,
incluso uno de nuestros amigos nos saluda con su casco
amarillo en la mano, lo mantiene y lo mueve en el aire.
Se ríe, pero nosotros lo compadecemos, a esa hora de la tarde,
ese calor, quedar encerrado en un pequeño galpón en las afueras
de un pueblo al que nadie llega, donde no hay nada más
que el sol y las gotas de sudor que caen por nuestro pelo.
No tenemos familias que mantener y todavía la vergüenza
no se infiltró en nuestras cabezas, somos jóvenes
que alargan en sus vidas el tiempo del ocio y la vagancia.
A veces, me digo a mí mismo, ya es hora de empezar ese
nuevo ciclo, de asir a mi cabeza el casco amarillo
y la ropa de trabajo, dejar que el aceite lo ensucie
y lo trabaje con los años. Pero es solo una idea,
ahora surcamos con nuestras motos la pequeña ruta
para llegar a la laguna y sentarnos en los troncos que ubicamos
estratégicamente desde que el calor se hizo presente.
Con el paso de los años la imagen es la misma: los obreros
que entran a la fábrica, nosotros en nuestras motos,
la laguna allá a lo lejos. Pero la vida pasa y es cierto
que nuestra rutina genera tedio y que a veces peleamos
entre nosotros y alguna trompada vuela en el aire.
Cuando ya no quede nadie con quien pelear y el hastío
haya podido más que el terror al trabajo, nos pararemos
afuera de la fábrica y saludaremos con nuestros cascos
amarillos de un lado al otro de la ruta, hacia la nada.

IX

Suena la música mientras veo
a través de las rejas
de la ventana que da a la calle
un galgo caminando sobre el campo.
Hace horas que los árboles se mueven
al ritmo del viento
y que el cielo se puso de color rosa.
Las primeras gotas no tardarán en descender
e incluso puede haber una tormenta
que cause destrozos,
mejor si en el pueblo
por las noches se oye el agua caer
sobre los techos de chapa.
Pero para el perro que camina en la oscuridad,
perdido y desorientado, no hay espectáculo,
sino una clara amenaza física.
Lo veo doblar en la esquina e irse
hacia el paso a nivel, a resguardarse
bajo las viejas casillas en desuso.
Fuera ya de mi campo visual,
vuelvo a pensar en mí
y en los versos que van a caer
de punta, como el granizo.

VIII

El pueblo prosperó,
el pavimento le ganó a la tierra,
las luces iluminaron las avenidas,
los barrios bajos.

Pero los jóvenes huimos de las plazas
encandilados por los faros
y las cámaras de seguridad.
Ya sin puntos de reunión,
muchos emigraron a las ciudades,
los que quedamos soportamos la monotonía
bajo los árboles de un patio.

Advertidos del futuro que nos espera,
decoramos el jardín, cortamos troncos
y hacemos canteros.

Sentimos nostalgia de lo que perdimos.

V

I

Mi abuelo maneja su camión más viejo,

a mis 9 años me enseña lo que será mi futuro,
viajes al campo y al puerto de Rosario.
Me cuenta de la vida sus cuestiones más rústicas,
lo demás lo calla por ser yo un niño.

Pero dos años más tarde muere en una clínica.


De mi posible futuro sólo queda la búsqueda

de la fuerza y la rusticidad en unos versos
que despacho con la velocidad con la que mi abuelo
surcaba la ruta día a día para volver pronto a casa.

II


La casa que nuestro abuelo construyó

con sus propias manos, se cae a pedazos.
Si mañana, por el descuido de una divinidad
se desplomara y no quedaran más que ruinas
no sabríamos erigirnos un nuevo hogar.
Somos jóvenes en la época de la inutilidad,
o quizá, la inutilidad misma. Volvemos
día a día a casa, y encontramos una nueva
fisura, la mancha de humedad más grande.
Pasamos de largo por el pasillo y nos
acostamos en nuestras camas a leer.
Si me preguntaran qué sucedió con nuestra
generación, no sabría responder, quedaría
en silencio. El mismo silencio que mi abuelo
de escucharlo, sin dudas, se pondría a insultar.