XIX

El aromo deja
una hoja más
en la oscuridad
de la mañana.
¿Puede discernir
quien contempla,
entre el cielo
y el suelo
correctamente?
Mis ojos recorren
la posible línea
de separación,
tratan de percibirla
y de trazarla.
La madrugada
puede ser eso:
una hoja que cae,
alguien
que intenta comprenderla.

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XVIII

Durante el día, el cielo
cambió de colores.
Parado en medio del patio,
observé cómo el celeste
se convirtió en negro
y de qué manera los truenos
y los relámpagos
amenazaron la tarde.
Soy un centinela que vela
por su tierra y por sus plantas.
Cuando cae granizo
corro hacia lo salvable,
las plantas en macetas.
Cuando la furia pasa
presto atención a la estrelicia
y al aromo, los sobrevivientes.
Entro y salgo de casa, nunca descanso.
Aunque debo reconocer que a veces
me imagino flameando al cielo
un banderín blanco.

XVII

Me doy vuelta y veo detrás de mí
la sombra enorme de un atrapasueños
proyectada por una luz portátil
que cuelga de una soga al ritmo
de un viento leve pero preciso.
Es primavera, estoy en el patio
y trabajo noche a noche la madera.
Con una gubia tallo cuidadosamente,
busco formas como un escritor ansía
la palabra o un músico un nuevo sonido.
¿Será en vano tanto sacrificio,
dará frutos la búsqueda?
La duda me carcome durante el día,
trato de creer, de tener fe.
Cuando me acuesto a dormir en el césped
—soy un hombre de la naturaleza—,
confío en que el adminículo
de madera de sauce, piedra y plumas
filtre los malos sueños, para después
quemarse con el primer rayo del amanecer.
A la noche siguiente tomo mi herramienta
y vuelvo liviano al trabajo, busco
la paz y una obra que hable por mí.

XVI

Un compañero vio desde el espejo retrovisor
de su camión modelo setenta recién comprado
el arcoíris que se formó luego
de la lluvia y el granizo.
Mientras nosotros festejábamos el inicio
de la primavera en la tranquilidad de un campo,
él conducía solitario por una ruta desconocida.
Tiene deudas que pagar, hijos que mantener,
su vida es un viaje continuo y sacrificado.
Hoy, en su día libre, le contamos lo que vimos,
la golondrina surcando el cielo de un punto cardinal a otro.
Él, para no ser menos, nos cuenta del arcoíris,
nos dice que lo acompañó durante cien kilómetros,
sin dudas exagera, pero no lo contradecimos.
Hablamos del granizo —«Seguro que te escondiste
con el camión en alguna parte»—, pero él lo desmiente
y dice, esta vez en serio: «Cuando viene tormenta
yo apunto con mi camión hacia ella».
Taciturno, le da una pitada al cigarrillo y calla;
nosotros, por respeto, también.

XV

El gato
que desde el tapial mira
mi figura recortada 
detrás de la reja de la ventana
no sabe de mi miedo,
aunque, quizá, lo intuye.
Para disimularlo
alterno mi mirada entre el lucero
y las hojas que dejó caer 
la tormenta.
Tirar el cigarrillo, 
producir un incendio
sería, al menos, una solución:
la de hacer del temor
un espectáculo.

XIV

Perdió un zapato en el barro
la niña durante el ciclón.
Con la cabeza entre las rodillas
no ve las ramas de los árboles moverse
mientras recuerda el reto de la maestra
que apoyó su frente junto al piano
para hacer salir de la garganta su voz.
Cantó con la velocidad y la prestancia
con la que los animales huyen
de las balas de los cazadores del lugar,
sin intuir que sería la última presa
que envuelta entre vestidos prestados
rodaría cuesta abajo hacia el lago.
Y hay cierta música en el cuerpo
cuando hace contacto con el agua.

*Basado en el film “Mouchette” de Robert Bresson

 

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XIII

Las santas tienen una sangre
que los hombres miran con seriedad
cuando apretado el brazo
se dispara como un río divino.
Nada se puede hacer si después,
el desprecio vuelve a sus semblantes
y tocan sus cabezas calvas con impaciencia.
La hoguera espera siempre a ser encendida
para quien se declare hija de Dios
y para el pueblo que asista en las afueras
golpes de martillos y flechas
mientras aves negras sobrevuelan
el cielo gris de un humo que arde.

*Basado en el film “La pasión de Juana de Arco” de Carl Th. Dreyer

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